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Joan BARBERÀ - Luz en el lado oscuro

Viernes 19 Noviembre 2004 - Jueves 10 Febrero 2005
Joan BARBERÀ
  • Joan Barbera

    Joan Barberà pertenece, de nacimiento a esa rara y reducida casta de artistas que trascienden, por talante y vocación, cualquier determinación externa, cualquier presión ambiental, y empiezan y terminan siendo aquello para lo que estàn plenamente dotados : por encima de todo, artistas. En él el arte es una pauta vital indisociable de su experiencia cotidiana.
    Joan Barberá es un caso notable de artista nato.Un día, sin esfuerzo, guiado por alguna energía natural, se puso a pintar. Esa asombrosa facilidad, esa fluidez sin accidentes, la mantiene hoy a la hora de resolver el problema de la creación, de dar cuerpo y forma a lo evanescente, a lo desconocido, de fijar en fragmentos de realidad, las percepciones, sensaciones y elaboraciones, conscientes o inconscientes de su impulso creativo.

    Pertenece, de nacimiento a esa rara y reducida casta de artistas que trascienden, por talante y vocación, cualquier determinación externa, cualquier presión ambiental, y empiezan y terminan siendo aquello para lo que estàn plenamente dotados : por encima de todo, artistas. En él el arte es una pauta vital indisociable de su experiencia cotidiana.

    No se puede pensar en este creador como personaje que se imponga sobre la obra ; su prudente aunque a veces socarrona conversación, la ausencia de cualquier signo fatuo, su sencillez alejada de estridencias, su búsqueda de complicidad en el interlocutor, y su paciente y sistemática dedicación al duro oficio de crear lo han apartado del brillo de los encuentros sociales, las hojas de prensa y la imagen multiplicada de le televisión.

    Reside en el boca a boca, en el comentario casual o el recuerdo emocionado de alguna de sus obras, aparece en el recorrido del estudioso de las últimas y agitadas décadas de nuestro tiempo o en el defensor silencioso que en las reuniones acaba citándolo como ejemplo de una u otra tesis. Sin embargo, y esta exposición le rinde los honores, la de Joan Barberá es una de las trayectorias más coherentes entre los artistas valencianos de las últimas décadas. Ha permanecido, frente a la moda de los ochenta, fiel a sí mismo, singular entre el enjambre de creadores que se asomaron a las tendencias internacionales con voluntad de saltar el supuesto gap entre el arte español y el anglosajón, tan a menudo sin ningún espíritu crítico, desde una visión banal, pretenciosa y epidérmica, las más de las veces deformada por los medios de comunicación de masa.

    Entonces, en nuestro país perdieron peso, en primer lugar, la escultura objectual, en favor de las sobreexplotadas « instalaciones », pero sobre todo la Pintura, literalmente olvidada por los críticos y los comisarios, a la que Barberá, sin embargo, permaneció fiel, quedando –casi automáticamente- silenciado, marginado del mundanal ruido y del vertiginoso correr en pos de la nada postmoderna.
    Su confianza en el trabajo que venía realizando no se vio quebrada, aunque se produjo en su obra un fenómeno de ensimismamiento, de autorreferencialidad y de profundización en sus propias fuentes, en una investigación que alcanzó la madurez a principios de los noventa. Un momento singular fue su encuentro con Klaus Kramer, el marchand alemán que es hasta hoy su apasionado seguidor y su principal coleccionista.

    La llamada « vuelta al orden » del arte espanol de los noventa, entendible como resaca de la agitación anterior, le sorprende en una suave deriva hacia el dibujo y los pequeños formatos, un rasgo evolutivo donde probar de nuevo su capacidad creativa y, en verdad, consigue en sus miniaturas una riqueza y variedad narrativas de profunda y refinada sutileza.

    Sus personajes tejen un abundante conjunto de metáforas, enraizadas en las acciones humanas , a veces situaciones personales del autor pero no una simple relación de causa efecto entre su personalidad y su arte, porque no es posible comprender sus cuadros sólo como ilustraciones de acontecimientos y relaciones en su vida. El artista es el vehículo y con un valeroso gesto, despojada de sus ténues velos, su vida interior – sus interrogantes, sus deseos – se expone a la mirada pública, aflorando desde una herida abierta en la más profundas instancias del inconsciente colectivo.

    Un negro realismo emerge, poderoso, único, distinto a sus piezas anteriores. El artista “imita” para inventar, ilumina formas de lo imprevisto. Lejos del concepto apolíneo que se nos da en el arte analítico, lo suyo es una conmoción sensual.

    Su aguda percepción penetra el seno orgánico de las cosas, invita a meditar sobre la relación entre les fuerzas telúricas y el orden racional que imponemos a la naturaleza. Investiga los objetos religiosos, las reliquias marcan el paso, la realidad del dolor, el sufrimiento y la muerte se despliegan sobre un trasfondo casi barroco.Las obras adquieren ese oscuro sentido de culpa acrisolado en la moral judeocristiana. Tal cosa no le impide plasmar el reposado deleite del cuerpo desnudo de una mujer idealizada o, en general entregar a la tela el sentido de humanidad y tierna intimidad que lo caracteriza.

    Recuerda el espíritu del Romanticismo, cuando el cánon clásico fue barrido y se dio paso a lo natural deforme, a la decrepitud, a la ira, al terror como componentes del imaginario colectivo, voluntariamente olvidados por el artista moderno, quizás ante la demanda de un mundo mejor al estilo del « mundo feliz » de Huxley, o caso más prosaico todavía, ante la propensión del mensaje publicitario a negar esa otra realidad, obstianadamente recurrente, del dolor, la enfermedad y la muerte, y ofrecer en cambio una tan perpetua como falsa máscara sonriente.
    Carlos Marco.

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